JUAN SEIS DEDOS- Un pequeño relato
En el año 1936, en medio de una guerra incrédula sin fundamento, una guerra de odios entre hermanos que se encontraba en diferentes bandos sin mas, solo por tener unas ideas distintas de ver la vida, por querer conseguir el poder y por odiar todo lo que no fuera de su conveniencia sin importar todo lo demás, los pobres, los necesitados, los que trabajan de sol a sol sabiendo que solo querían trabajar, vivir y cuidar a toda la familia en paz… En medio de aquel desorden y caos nació un niño infeliz, sin parturienta, en aquella mugrienta casa de pobres y sin casi nada que comer, además al padre lo reclutaron para llevar a la trinchera. Solo la madre, la abuela y una señora que hacia de parturienta, pero no tenia instrumentos ni nada parecido. Le cortaron el cordón umbilical con las tijeras de coser y remendar la ropa que tenían para poder pasar aquellos desolados últimos días de mayo.
La madre quedo aturdida cuando le pusieron el niño en sus brazos, su rostro de dolor y alegría quedo truncado al pasar su mano por todo el cuerpo del bebe y, notar en aquella diminuta mano algo que no era normal. Acerco su rostro y vio en aquella manita había un dedo más. Casi sin poder hablar, por los esfuerzos realizados, con sus manos recorría todo aquel cuerpecito buscando algo que no deseaba encontrar, pero su madre y la parturienta asintieron diciendo que el niño estaba completamente bien, solo era esa pequeña mano izquierda en la que se había formado un dedo más, no era inhumano, simplemente que la madre naturaleza había formado en aquella criatura recién nacida, sonrosada de ojitos débiles pero con fuerzas para luchar y afrentarse al mundo que le había tocado nacer.
Los años pasaron con mucho esfuerzo para poder vivir. Su padre regreso de la guerra cuando ya casi tenia tres años, pero nada cambio, seguían en una pobreza intensa, pues no había trabajo para casi nadie y menos para los desfavorecidos, de lo único que podían sobrevivir era de la pesca. El padre se pasaba la noche bajando a los acantilados y entre las rocas, a un metro del agua, encendía una pequeña lámpara de carburo iluminando aquel tenebroso lugar y al que acudían los peces para poder ser capturados. De todo eso se alimentaban. También vendían lo que podían: pescado blanco, el apreciado por las familias terratenientes, que tenían sus viñedos y campos cultivables de los cuales se vendían o intercambiaban trigo, pasas y legumbres del tiempo; lo que podía dar aquella pobre tierra destrozada por una guerra sin sentido.
Juan seis dedos, que es como lo llamaban los niños de aquel pequeño pueblo, tuvo cinco hermanos más después de él. Dos murieron a los pocos meses por falta de alimentos e higiene, nacieron ya débiles, faltos de nutrición y destinados a morir. Él era el mayor, el que debía de cuidar de todos y el más desafortunado; por ser el mayor tuvo que ayudar en las tareas cotidianas y jamás fue a la escuela. Era analfabeto y de juegos y amigos estuvo poco nutrido, pues tuvo casi toda su niñez ocupada: a los ocho años no recibió la primera comunión como el resto de los niños, ni tuvo su traje de marinero que, aquellos ojos miraban deslumbrados pero sin envidia. ¿Qué podía saber él de esas cosas? Solo que su corazoncito palpitaba ilusionado por todo aquello.
Juan seis dedos contemplaba la pizarra con los cuadros del film “La túnica sagrada” que iban a proyectar aquella tarde en el cine del pueblo. Había cola comprando entradas, ya que era la primera película en Cinemascope, ¿Qué significaba aquello que todos comentaban a lo que él nunca había oído hablar y menos visto? Pues era la primera vez en dieciséis casi diecisiete años, que iba a entrar a un cine. Leía o hacia como si leyera, ya que no sabia lo que allí decía, sólo contemplaba los cuadros de imágenes que le fascinaban, donde los actores que lo interpretaban salían en aquellas escenas. Su corazón palpitaba tan fuerte que hasta sentía miedo que los demás lo sintieran; su timidez y la poca relación que tenia con la gente lo tenia apartado siempre de los demás, ¿o era aquel fastidioso dedo que todos intentaban mirar y que no podía esconder? Los más pequeños con burlas, los mayores con asombro…que injusto era todo. ¿De que le servia aquel dedo de más? ¿Por qué los otros tenían cinco? Preguntas que se llevaría a la tumba sin ser contestadas por nadie.
Llego la hora de servir a la patria, todos los mozos quintos fueron llamados para ser medidos y pesados en el M.I. Ayuntamiento y comprobar si estaban en condiciones de poder servir a su patria que empezaba a florecer después de largos años de escasez y miseria hombruna. Cuando toco su turno ni siquiera lo midieron, simplemente rellenaron unos papeles y le hicieron firmar, bueno poner su huella del dedo índice en aquella cajita donde impregnaron el dedo de tinta y después guiaron a la hoja de papel, estampando allí su firma, el cual afirmaba que no era apto para servir a su patria. Él entendía que no había sido admitido porque tenia a sus hermanos en cuidado y que no era aceptado para ir a trabajar de jornalero con los demás por ser incapacitado, sus hermanos de doce y catorce años si podían ir con su padre y los demás y él solo estaba para ayudar a su madre y cumplir con los recados de la casa. Su corazón le decía que no era diferente de los demás: sentía, amaba, se excitaba al ver algún calendario colgado es cualquier lugar con una señorita excelente, se masturbaba casi todos los días detrás de aquel higochumbero (nopal) que tenia detrás de la casa y soñaba como todo adolescente pero no sabia, no llegaba a comprender porque no era aceptado como los demás, ¿era aquel absurdo dedo? Mas bien era la sociedad, las mentes de la gente, los que habían rechazado, los que de bien pequeñito lo había apartado de los demás, una injusticia de una mayoría adulta medio ignorante que aceptaba lo que un cura (párroco) y cuatro caciques del pueblo les habían dicho. Él era torpe, analfabeto y todo lo que pueda ser una persona que es descartada de una sociedad que lo rechazo desde el principio.
La brisa prometía dar, aquella tarde de verano, algo más que bien estar y calmar ese sofocante calor que estaba haciendo por toda la costa. Los hombres y mujeres sentados en los riu-rau o nayas, espacios ubicados en todas las casitas de campo donde se iban a pasar el verano y en donde se dedicaban a recoger las cosechas propias; como era primeros de junio recogían la siega del trigo. A continuación, la recogida de las almendras y ya sobre a mitad de agosto se empezaba a cortar la uva de moscatel y se escaldaba para luego ponerla al sol y secar para transformarla en pasa. Eso era la fuente de ingresos y en la que trabajaban casi todo el pueblo. En eso consistía toda la riqueza de esa gente tranquila y en la que se encontraban por aquellos últimos días de agosto. Sobre las cinco de la tarde, los mayores, después de su siesta, se sentaban a la sombra del riu-rau contemplando el sequer, espacio dedicado para tender los cañizos, unos tableros de dos metros de largo por 1,20 de alto pero hecho de cañas que servían para secar la pasa y que por la noche apilaban en el riu-rau para resguardarlo de la humedad y así cada día hasta quedar bien seca y ser recogida y guardada en capazos para vender y distribuir por todo el mundo.
Los domingos, los jóvenes se iban al mar a jugar y a nadar, ya que era la única diversión y la que más ambiente y bullicio formaba.
En uno de esos domingos, en un rincón, donde terminaba la arena y empezaban las rocas, se oyeron gritos de unos niños que allí estaban jugando. Gritaban a sus padres que estaban descansando sobre unas dunas ausentes de aquel alboroto. Juan seis dedos, que se encontraba más cerca, fue quien llego primero ante los gritos de los niños que dirigían sus miradas hacia el agua:
-A Vicentino se lo ha llevado un golpe de mar.-Gritaban los niños ante la confusión.
El niño intentaba flotar pero se hundía cada vez más. Sin pensarlo dos veces, seis dedos se tiro al agua y agarrándolo del pelo saco al pobre niño del fondo de las aguas pudiendo dejarlo sobre unas rocas, en donde algunos niños pudieron sujetarlo ya que estaba medio inconsciente. Juan noto que sus pies no tocaban fondo y que sus pulmones no aguantaban más sin aire. Abriendo la boca para pedir ayuda, noto que se le llenaba de un sabor salado y amargo, que perdía el conocimiento y que no pensó que no sabia nadar, todo se volvía oscuro y el silencio lo lleno de calma. Atónitos estaban los niños contemplando como se estaba hundiendo aquel pobre infeliz. Llegaron los mayores como él y lo sacaron del fondo pero ya era demasiado tarde. Al niño lo pudieron reanimar pero a Juan no hubo forma.
El pueblo quedo consternado por aquella noticia:
-Juan seis dedos se ahogo por salvar a Vicentino, pobre infeliz-decía la gente-no sabia nadar y se tiro al agua.
-Ya descansaron sus padres de tener que gobernar un adulto que no sirve a la sociedad-comentaban otros.
Y así un comentario tras otro, fue llevando la gente a aquel lugar.
Tuvo un entierro sencillo, tan solo el ayuntamiento tuvo la atención de pagarle un lugar en el cementerio, al rincón menos privilegiado, pero al menos no lo pusieron en la fosa común y allí tenía una cruz y el nombre, donde sus familiares podían depositar flores.
Tan solo el viento podía saber como sentía aquella persona, como su cuerpo deseaba ser, como su alma era igual que la de los demás, como de injusta es la vida tan solo porque la naturaleza había puesto un dedo más en aquella pobre mano.
Autor: Juan Torres
Julio del 2007
UNA PRECIOSA HISTORIA, MUY REAL, ERES UN GENIO JUAN, IGUAL ESCRIBES UN CUENTO, QUE COMPONES UNA CANCIÓN, COMO GRABAS CD, Y LO QUE SE TE PONGA POR DELANTE, HASTA EL LUNES SI DIOS QUIERE.
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